martes, abril 26, 2016

El elefante de Arabí



¡Elefantes!

Papá dijo que si me despertaba temprano hoy saldríamos a comprar elefantes. Desde que era pequeña sólo había escuchado hablar sobre los elefantes pero jamás había estado cerca de uno. La primera vez fue en televisión.

Aquél día había olvidado terminarme las zanahorias, por lo que fue imposible para mí salir a jugar al parque. El parque podía esperar, mis zanahorias no. Me llevé a la sala todas las que encontré abandonadas en mi plato y me dispuse a devorarlas mientras veía la tele. No recuerdo qué berrinche hizo el aparato, pero comenzó a cambiar los canales como loco. Creo que quería de mis zanahorias, pero terminarlas era un trabajo que sólo podía hacer yo. Me sentí un poco apenada. Las terminé más rápido de lo que pensé para no sentir la mirada de envidia que caía sobre mí, entonces la tele se quedó en un solo canal.

Ahí hablaban sobre las proezas de los elefantes. Sobre cómo habían sido grandes guerreros a cargo de vastos ejércitos luchando por conquistar tierras lejanas. Cómo habían sobrevivido a los poderes de la naturaleza, pero habían perdido los suyos propios en la batalla. Parecían enormes magos, como los de los libros de caballeros, con largas barbas y cabelleras y mantos que los cubrían que sólo podían significar que eran poseedores de rangos importantísimos en sus reinos antiguos.

Lo que más me sorprendió fue que eran capaces de realizar distintas proezas con el poder de su mente: “Son poseedores de una memoria que está más allá de nuestro entendimiento”, decía la tele. Papá me explicaba que los elefantes podían recordarme después de muchos, muchos años de haberme conocido. Además me dijo que podían vivir mucho más de lo que yo creería. Y eso debe ser bastante, parecen tan arrugados que al menos deben tener cien o doscientos años más que mi tía Pasita.

También vi que había elefantes muy famosos que trabajaban como actores en los circos más importantes del mundo y que hasta los presidentes de muchos países les han pedido autógrafos para sus hijos. Yo quisiera uno para mí. Ojalá que mi papá sea presidente un día y me traiga el autógrafo de un elefante famoso. Lo malo de todo eso fue que la vida del espectáculo no es lo que más les gusta, parecen tristes. Yo también lo estaría si tuviera que sacrificar a mi familia y mi casa por una vida de éxito en el espectáculo. Debe ser duro.

Algo que me emocionó mucho fue ver la enorme cantidad de elefantes deportistas. Tienen su propia liga de fútbol elefantil y creo que algún día podrían jugar el campeonato mundial y tal vez hasta ganarlo. Son muy buenos jugando al fútbol. Aunque mi papá diga que el mejor equipo de fútbol está formado por chivas, yo creo que los elefantes podrían darles una lección.

Después de que terminó el programa llamé por teléfono a mi papá que estaba dormido y soñando que vivía en China, a propósito, fue mi primer llamada de larga distancia, así que haré un dibujo sobre eso. ¿En qué estaba? ¡Ah sí! Llamé a papá y le pedí que por favor me consiguiera un elefante para que me enseñara trucos de magia, que me enseñara a cantar y bailar y tal vez podría jugar ajedrez conmigo. Papá me devolvió la llamada prometiéndome que el fin de semana iríamos a la tienda donde venden elefantes y podría elegir el mío, del color que yo quisiera y que hasta podría ponerle nombre. Estoy ansiosa. Llegó el día, así que voy a despertar a papá ¡No quiero llegar tarde!

sábado, abril 16, 2016

autoestereo1.jpg



She said "Listen carefully"... And there was Mr. Aids dancing like a monkey. Like a raped monkey.

It was funny. Specially when he yelled at her. "Here, put on some lipstick". He did it. He draw a pink butterfly on her chest and continued dancing. Like a tap ballerina. Or a raped monkey, it doesn't matter.

"You rock Mr. Aids!", she said. But, somehow, I couldn't do anything about the fact that she was crying all over the floor. And he was in a long laugh. With all of his yellow teeth crawling from his mouth. It was an incredible scene. Surprisingly, I wasn't crying too, but I just hugged myself and spat at my image through a broken mirror.

A broken mirror which showed Mr. Aids his deformed self. Then it was my turn to laugh. To laugh at his white, spooky face. To laugh at that disgusting man. At that raped monkey.

I couldn't help it. It was my deepest disire. I just wanted to watch his transformed face. I laughed until i throw off my breakfast.

He shot right between my eyes.

It's ok. I'm ok.

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No tiene nombre oficial, así que...

jueves, abril 02, 2015

Las reliquias de Las Profundidades

Hace tiempo que no escribo y resulta que Viry, la novia gamer, vio un concurso en Facebook para hacer un fanfic sobre Nami de League of Legends. Me pasó el link y me animó a escribir un cuentito. Y pues aquí está, gane o no gane nada al menos fue un buen ejercicio para volver a la escritura.

Update 07/04/2015: No ganó. Se resumió todo en la capacidad crítica (escasa) de los jueces :)

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Nami
Nami. La Invocadora de Mareas

Mar del Guardian. Habían pasado seis horas desde que Nami abandonó la seguridad de su pueblo. El miedo estaba ganando terreno sobre la determinación que tiempo atrás recorría su cuerpo y comenzaban a surgir muchas dudas sobre la decisión que había tomado: Tomar el lugar de un Invocador de Mareas y encontrar la piedra lunar que salvaría a los Marai.

No habrá piedra lunar sin antes obtener una perla abisal para intercambiarla. Nami pensaba que tomar una responsabilidad doble y de tal magnitud era la cosa más tonta que había hecho en su vida, pero no había marcha atrás. Pensar en su pueblo le daba coraje para seguir adelante y no desistir. Por supuesto que tenía miedo, es parte de cualquier ser vivo, sin embargo no estaba segura de que su poder fuera suficiente ante los peligros de Las Profundidades. Era una Marai joven y con poca experiencia en combate. Confiaba en su entrenamiento y su poder, ella misma sabía que cualquier Marai con poder similar al suyo era ya muy viejo como para sobrevivir una pelea o un viaje tan largo. “Debo ser yo”, pensaba.

Su única compañía eran trozos de coral luminoso que llevaba consigo para iluminar su camino en aguas tan profundas. De vez en cuando se topaba con criaturas marinas que la miraban con curiosidad. Los Invocadores de Mareas se adentran en esa zona cada cien años y observarlos es un espectáculo extraño. Para algunas criaturas es un honor acompañarlos en su camino, pero pronto se alejan sabiendo que su viaje no es el más seguro de todos. Esto le daba a Nami una sensación de falsa seguridad. A veces pensaba que nunca encontraría la perla abisal que buscaba. No sabía ni cómo era ni en dónde se encontraba exactamente.

A tres días de su viaje Nami comenzaba a perder la esperanza. Ella pensaba que había fracasado y no sabía si volver o continuar. Sumida en una profunda tristeza apenas se percató de un sonido a lo lejos. Eran gritos. Alguien pedía ayuda en la oscuridad de Las Profundidades. Nami se ató el coral al cuello y nadó hacia los gritos tan rápido como pudo. No tardó mucho cuando observó a lo lejos un grupo de serpientes de mar atacando a un pequeño pez. Los ojos de Nami se iluminaron de ira al observar esa terrible escena. Agitó su báculo y el agua se agitó fuertemente alrededor de las serpientes. Ellas siseaban a Nami, retándola, pero ella no se inmutó. “¡Largo de aquí!”, les gritó. Y las aguas se agitaron nuevamente. Las serpientes huyeron y se perdieron en la oscuridad.

“¿Estás bien?”, preguntó Nami, con una voz tan dulce que el coral en su cuello se iluminó un poco más y las aguas parecían menos frías. “Sí”, respondió el pez. Su voz se escuchaba rasposa y emitía pequeños quejidos al tratar de hilar las palabras. “Gracias”.

“Estás herido”, soltó Nami, preocupada por haber llegado tarde. “No es nada, pequeña”, dijo el pez, “Sólo una aleta rota y un par de mordiscos”. La verdad es que sus heridas eran graves, pero al ver el rostro preocupado de la Marai, el pez trató de ocultar la verdad. “Finalmente soy sólo un viejo pez, Rag, me llamaban. Ya no puedo vivir en la superficie y mis fuerzas no me dan para volver”.

Nami estaba asustada, así que trató las heridas de Rag lo mejor que pudo. Usando el poder curativo del agua cerró cada mordisco de serpiente. La aleta era otra historia; estaba rota y Nami sólo podía aliviar su dolor, pero no más.

Nami y Rag viajaron juntos un par de días más. La compañía mutua aligeraba un poco el duro viaje de ambos, aunque Rag no tenía ya un rumbo fijo y en una de sus charlas le confesó a la Marai que se encontraba en Las Profundidades para vivir sus últimos días. Esto era nuevo para Nami; ella nunca había conocido a nadie tan consciente de su muerte, pero al mismo tiempo tan tranquilo y en paz. Ella sintió mucho respeto y admiración, pero también tristeza al pensar en que alguien viva sus últimos días en la soledad de un lugar como ese.

“Debemos desviarnos aquí”, dijo Rag. “Hay algo que encontré hace tiempo mientras deambulaba por esta zona y creo que tú le darías un mejor uso que yo”. Nami hizo caso al pez, un poco renuente al principio, pues temía desviarse demasiado de su destino. Al cabo de un par de horas llegaron a la entrada de una caverna submarina. Ambos entraron y a lo lejos, muy en el fondo, podía verse un extraño resplandor. “Es ahí, démonos prisa”, dijo el pez. Cuando llegaron a la parte más profunda de la caverna Nami no podía creer lo que veían sus ojos. Eran objetos dorados, joyas, armas y corales luminosos de muchos colores.

Lo que llamó especialmente la atención de Nami fue una armadura Marai. Ella no tenía la más remota idea de cómo eso había llegado ahí. Le quedaba perfectamente. Más allá, apoyada contra una de las paredes de la caverna había una espátula dorada. Estaba hecha con oro de los abismos. Nami no lo pensó dos veces y la tomó. Era pequeña, pero pesaba casi tanto como su báculo.

Nami apresuró a Rag para irse de ahí, debían continuar su camino. Sin embargo Nami no puedo evitar echar un último vistazo a la caverna y fue así que entre un viejo casco y algunas joyas notó un resplandor muy peculiar. Los ojos de Nami se abrieron como un par de ostras: “¡No puede ser!”, exclamó. “¡Una perla abisal! ¡Eso debe ser una perla abisal! El anciano del pueblo dijo que la reconocería al verla. Esa tiene que ser la perla.”. Nami estaba tan emocionada que no se percató de que las serpientes los habían estado siguiendo los últimos días de su camino.

La Marai nadó hacia la perla y retiró velozmente los objetos que estaban encima, pero tomó la joya con mucho cuidado. La acercó a sus ojos y esta se reflejó en sus pupilas con un hermoso resplandor nacarado. Tan perdida estaba Nami con lo que había encontrado que tardó un par de segundos en reaccionar cuando Rag gritaba desde la entrada de la caverna. Eran las serpientes.

Nami agitó su báculo nuevamente, pero esta vez las serpientes estaban preparadas. Tres de ellas nadaron hacia Nami cortándole el rostro con la punta afilada de sus colas que azotaban como látigos. Los ojos de Nami se encendieron nuevamente. Las paredes de la caverna vibraban y se agrietaban con la fuerza del agua en su interior. “¡Usala!”, gritó Rag. “¿Usar qué? ¿La espátula?”, preguntaba Nami asustada. “¡No es una espátula, niña, es un arma!”. Gritó Rag con sus últimas fuerzas. Nami no sabía qué hacer, tomó la pequeña espátula entre sus manos y creció al tamaño de su báculo. Un resplandor iluminó la caverna entera, el brillo era tan luminoso que parecía que se encontraban en la superficie. Las paredes y el techo se desmoronaron y las serpientes fueron succionadas por un fuerte remolino de agua. Nami nadó velozmente hacia la salida, tratando de alcanzar a Rag, pero estaba tan débil que fue succionado también. Nami sólo pudo observar cómo la caverna se derrumbaba sobre su pequeño amigo.

Nami permaneció durante horas llorando frente a los escombros de la caverna, aferrada a la espátula, su báculo y la pequeña perla abisal.

“No llores niña, levántate”. Escuchó Nami, pero no había nadie. Parecía la voz de Rag, pero era más profunda, sonaba como tambores de guerra. Nami trató de buscar en la profundidad del abismo en el que se encontraba, el pequeño coral en su cuello apenas iluminaba. Poco a poco Nami percibió frente a ella un par de enormes ojos, en un rostro mucho más grande que su propio cuerpo. La pequeña Marai se pegó asustada a las rocas en la entrada de la caverna. “Soy yo, Rag”, dijo ese enorme ser. “Soy el dragón guardián de Las Profundidades y protector de las reliquias del abismo. Tú pequeña, has demostrado ser merecedora de la perla abisal que tienes ahí. Hace tanto tiempo que no venían Invocadores de Mareas”. “Pero yo…”, interrumpió Nami. “¿No eres una Invocadora? ¿Crees acaso que los Invocadores de Mareas reciben una invitación para venir? No niña, es el destino lo que los trae aquí”. Nami estaba confundida, entendía poco de lo que estaba ocurriendo. Finalmente Rag la tranquilizó: “Yo sabía que venías. Todo esto fueron pruebas para ti. Lo lograste”.

Rag dio instrucciones a Nami para volver a salvo a su hogar, además le habló sobre la espátula dorada. “Esa espátula que llevas ahí es una poderosa arma usada por una raza de antiguos guerreros de las profundidades. Consérvala y úsala con sabiduría”.

“Gracias Rag”, dijo Nami. El dragón lanzó una ligera corriente de agua hacia el coral en el cuello de Nami y éste recuperó su intensidad. “Buen viaje, Invocadora de Mareas”, le dijo y se alejó en las oscuras aguas de Las Profundidades.

Nami volvió a su pueblo. Nadie podía creerlo. Muchos pensaban que nunca lo lograría y que no podría volver. La pequeña Marai demostró ser merecedora del título de Invocador de Mareas y fue recibida con gran alegría y admiración. Nami había cambiado para siempre, sabía que era capaz de cosas más allá de su fuerza. A nadie comentó sobre Rag y dió pocos datos sobre su aventura; mantuvo la espátula en secreto. Nami sólo podía pensar en lo que le esperaba allá afuera, en tierra firme. Encontrar la Piedra Lunar sería su siguiente misión y estaba decidida a cumplirla.

LoL Summoner Name: Altereishon.
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martes, marzo 25, 2014

Lo que ha de suceder, sucederá.

Estoy empezando a sospechar que el teatro me gusta por cosas muy diferentes dependiendo del momento por el que estoy pasando. A veces quiero "expresar" y ya, a veces quiero desahogarme... Esta vez no estoy seguro de lo que es. Tal vez, como mencionaba en la entrada anterior, es una necesidad de compartir y compartirme con el otro.

Después de renegar y odiar al teatro ahora me encuentro queriendo volver a los ensayos, esperando el fin de semana y soñando despierto con Agamenón. El mío. Porque sí, existe el montaje colectivo y el que voy creando yo mismo en mi cabeza. Seguro pasa en mayor o menor medida en los demás miembros del equipo.

Lo que me gusta de este montaje (y creo que en general, pero no supe ponerlo en palabras en su momento) es la sensación de intimidad que se genera. Una de las cosas que me sedujeron fue la idea de no haber más de dos actores. He logrado encontrar el placer en compartir con ella todos nuestros miedos, nuestros deseos y alegrías. Ya no sólo es la crítica política, la tragedia humana o cualquier estupidez que pueda describirse en un discurso mamón. Son dos seres humanos existiendo en un momento y lugar tan específico como efímero.

Por eso la relación funciona.

Orestes y las furias.
Orestes y las furias

En el instante en que tengo sus ojos enfrente entiendo cuál es nuestro universo, cuál es mi razón de estar ahí y por qué tengo la necesidad de salir corriendo a sus brazos a pesar del dolor que me genera. Porque es doloroso. Clitemnestra duele. Los deseos duelen.

Clitemnestra significa muchísimas cosas para mi, además de dolor y deseo. Es respeto, fuerza. Clitemnestra son tantas mujeres en el mundo que ahí debe radicar su seducción. Y Agamenón es tan débil junto a ella, tan pequeño. Pero a la vez tan lleno de coraje; de orgullo. Es una pequeña historia del mundo.

Agamenón el enfermo.

Me gusta cómo el texto griego ha dejado de ser un pretexto y se ha diluído con el pasar del tiempo. Ya no es nada, sólo es una alfombra gastada por la cual transitamos. Nos apropiamos y lo hacemos nuestro.

Tenía fe en Agamenón. Aún la tengo. No lo abandoné y no pienso hacerlo. Si por mi fuera lo dejaría madurar poco a poco al paso más lento posible para saborear cada uno de sus matices. Pero no se puede.

Por el momento sólo me limito a pensar en lo que viene y en lo que disfruto del montaje. Aguardo pacientemente por sentir de nuevo su aliento en mi nuca y mis manos en las suyas. Esperar esa mirada, esa sonrisa y decir: "Aquí vamos otra vez".

viernes, noviembre 29, 2013

NARC

You wear those shoes like a dove...

Pues ya. Esperé mucho tiempo el momento de retomar Agamenón, un montaje que lleva ya varios meses detenido y que de alguna manera siento que jamás fue abandonado. Siempre lo tuve presente al menos una vez a la semana. Fue raro.

Como comentaba en mi entrada anterior hay un teatro para mi. Un teatro sin telones, sin butacas, sin "el público"... Sin nada. Casi. Un día, sin más, me entró la necesidad de volver, de habitarme en Agamenón y supe que el teatro jamás pasaría a ser una etapa en mi vida. No se de dónde nació esta necesidad, tal vez del hecho de que lo que estoy haciendo ahora no me significa mucho... Aunque debería.

La noche de los asesinos.

Y digo debería porque es un texto muy cercano a mí, pero a la vez muy ajeno. Me ha sido imposible darle vida a ese teatro, más allá de lo que técnicamente aprendí a hacer.

-- "Sólo hago mi chamba".

Si alguien lee esto antes del estreno, no me hagan caso.

Hoy recuperé la energía, las ganas de hacer teatro, las ganas de llorar, de odiar, de amar. Hoy volví a ser Carlo el actor y dejé de lado (un poco) a Carlo el (próximo) Veterinario.

Hoy mi corazón no falló, ni mi cabeza dolió, ni mi vista se nubló... Ni me sentí de 40 años.

Hoy usé un poco al teatro.

Mi cuerpo estaba ansioso de retomar la obra, de redescubrir los hallazgos que había enterrado y de descubrir los nuevos. Mi cuerpo estaba tan ansioso que tuvo un ataque de alergia durante horas. Necesitaba un nuevo desafío. Necesitaba ponerme a prueba. Necesitaba saber si realmente merecía volver.

Me reté a mí mismo a dejar atrás el miedo al otro (al menos un poco), a los desconocidos, a compartirme, a ser. Fue difícil y no lo logré al 100%, pero creo que dará resultado.

Soy un caprichoso, lo se. Sólo hago el teatro que quiero y por eso estoy como estoy. Jodido, estresado y por momentos deprimido. Pero gracias a eso encuentro la felicidad en cualquier cosa. Como mis gatos.

No le sirvo al teatro, pero aunque no quiera lo seguiré usando mientras me sea útil.

Ya veré cómo me va los próximos días. Será una locura, estoy seguro. Mi cuerpo está muy aletargado y costará trabajo, pero ambos lo necesitamos.

sábado, octubre 26, 2013

Carlo quiere ser Veterinario... Otra vez.

La última vez que pasé por acá aún era un actor de tiempo incompleto.

Sí, resulta que ya no. ¿Qué pasó en estos meses? Fácil, dejé el teatro. ¿Por qué? Estudio Veterinaria.

Muchas personas cuestionaron de una u otra forma mi decisión. Algunas me apoyaron, otras no entendían y a otros simplemente les dio igual. La verdad es que dejé de disfrutarlo. Tengo tantas cosas que decir que ni siquiera se por dónde empezar.

En fin, mi decisión inició cuando me di cuenta de que el teatro ya no me daba nada que me dejara satisfecho, en ningún aspecto, tanto personal como económico. Yo entré al teatro para hacer lo que me gustaba (o eso pensé), pero me di cuenta de que lo que de verdad me gustaba no necesariamente era lo que me hacía feliz. Se convirtió en una obligación, más que un gusto. Me gustaba crecer en los ensayos, aprender sobre lo que podía hacer, conocer mis límites y descifrar cómo superarlos. Eso era lo que me gustaba del teatro, sin embargo la escena no me gusta tanto. Recuerdo que cuando era adolescente e iba al teatro, al cine o al circo veía a los artistas y pensaba en lo mágico que parecía todo ese mundo. Que todos esos seres no debían ser humanos. Que se guardaban en una caja después de función o algo. Era magia. Entonces estudié teatro y descubrí que no hay magia o al menos para mí no la había. Había rencor, competencia, también risas, ¿por qué no?, había amor, matrimonios, supermercado, trabajo, hijos... Realidad. No hay magia en eso. No la hubo para mi. O bueno, no siempre la hubo. Existió magia en tanto disfrutaba mi trabajo conmigo, sin ojos, con mis compañeros, a solas.

Entonces pensé: "¿Qué caso tiene?" Lo importante del teatro es que te vean, ¿no? A mi no me gusta y ya no es por timidez, que después de todo lo que he logrado eso ya no tiene nada qué ver.

Es egoísmo.

Sí, es egoísmo y no me avergüenza decirlo. No me interesa que la gente vea mi trabajo, porque es mío. No me interesa que a la gente le guste o no lo que hago, porque no lo hago para nadie, sino para mí. Vamos, que no me interesa ni siquiera el calentamiento en grupo y eso es, de entrada, un enorme obstáculo. Y aquí viene lo que de verdad hizo que me diera cuenta de las cosas: Disfrutaba el proceso y no me importaba el resultado, por lo que a veces descuidaba un detalle y es que este es mi medio de sustento, según. Lo que a mi me gusta no me genera dinero, porque nunca intenté que así fuera. Así que entre broma y broma me di cuenta de que "necesitaba un trabajo de verdad".

Fue así cómo recordé mi primer pasión. Recordé lo que dio vueltas en mi cabeza durante más de 15 años. Antes de ser actor fui Veterinario. Antes de entrar a la primaria fui Veterinario.

Otra de las cosas que me llevó a tomar la decisión fue lo inútil que terminó pareciéndome el teatro. Yo siempre fui de la idea de que si iba a crecer lo haría en mi tierra, que no necesitaba "ir a donde había chamba", no por falta de ambición, sino por exceso de identidad. Necesitaba ver cómo mi tierra crecía. Sentía que debía cultivarla, pero no sirve porque los obreros están ocupados disfrutando su segregación. Sí, me incluyo. Me cansé también de ver cómo el artista "acciona". "Accionar", que palabra tan puta. Los libra a todos de tomar la responsabilidad social real que debería significar el teatro y entonces se la pasan "accionando" con la única finalidad de que los vean... Los demás teatreros.

Llegué a la conclusión de que yo no estoy hecho para el teatro, aunque el teatro sí esté hecho para mí. Y no me pesa. Tan pronto lo descubrí me liberé de un peso y una presión enormes. Mi personalidad choca con las necesidades del teatro, pero lo que el teatro me ofrece no deja de ser tentador de vez en cuando. Aún cuando llegan momentos como este y decido que es inútil.

Entonces decidí que era hora de dejar de "accionar". Era hora de actuar, de tomar acción. Era hora de dejar de compartir en Facebook cómo maltrataban a un pobre perro y empezar a hacer algo de verdad. Decidí aprender a curar, aprender a tomar acción. Decidí que era hora de que mis "acciones" tuvieran un efecto real en el mundo de alguien. Decidí que era momento de dejar de esperar un aplauso y un oscuro para pensar que mi trabajo estaba hecho. Decidí que hay algo que de verdad me apasiona y eso es la ciencia, la medicina, los animales. Sí, principalmente los animales porque he tenido suficiente de las personas.

¿Ven? Con esa actitud no llegaría muy lejos en el teatro.

Y entonces lo hice. Estoy aprendiendo eso que toda mi vida quise aprender y no logré en su momento porque era demasiado joven e inmaduro para tomar mi deseo y moldearlo con responsabilidad.

Hice mi examen de admisión sin saber que quedaría. Llegué el primer día de clases sin saber cuánto duraría ahí. Ese día regresé a casa feliz, sabiendo que haría algo verdaderamente útil para alguien y que además podría convertirse en mi trabajo.

Cuando estudiaba Medicina un amigo comentó de repente: "Qué chido, vamos a ser doctores". Yo en ese momento no compartí su entusiasmo y decidí salirme. Hoy constantemente me repito: "Qué chido, voy a ser Veterinario".

Me detuve un momento aquí para leer lo que había escrito y veo que cualquiera que no me conoce pensaría que mis palabras están llenas de frustración y rencor. Pero en realidad están llenas de libertad.

Aún tengo proyectos pendientes que no deseo abandonar.  Se que hay por ahí, en algún lugar, un teatro perfecto para mí. Lo he visto, lo he tocado. Sólo es cuestión de volver cuando lo necesite y se que ahí estará, esperando por mi.

Ahora que estoy en Veterinaria recordé lo que es trabajar por algo. Estoy aprendiendo el valor de la constancia. Veo un reto enorme, un reto de verdad. Fácil leer un libro, fácil aprenderme un texto, un trazo y una intención... Lo difícil es hablar de proteínas, coenzimas y carboxipeptidasas. Eso sí es un reto de verdad y ¿saben qué? Yo lo acepto. Estoy en el viaje hasta que no pueda más porque sí, se que también este castillo se puede derrumbar, pero por eso lo estoy cimentando desde ya.

Por cierto, creo que estrenamos en Diciembre. Sin embargo es otro proyecto por el que estoy a la expectativa y si por mí fuera empezaría a trabajar desde ayer.

Hace tiempo que quería escribir sobre esto y cuando lo pensaba hacía una lista enorme de razones para dejar el teatro. Hoy, sin embargo, sólo me limité a desarrollar dos o tres, con sus deliciosas contradicciones entre sí. Todo ha sido muy confuso, pero al menos tengo algo claro cuando veo a los ojos de una vaca lechera. Sigo en la lucha.

Un día de estos contaré sobre cómo me va en la carrera, sobre cómo reprobé y me sentí derrotado, sobre maestros faltos de humanidad y sentido común y sobre cuánto extraño el teatro y esta entrada no es del todo cierta, porque a fin de cuentas no estoy peleado con el teatro, sólo hemos sufrido un disgusto.

viernes, julio 26, 2013

Arabí y el dentista.

Es bien sabido que cuando comes chicles con catsup debes quitarles todos los huesitos. Lo malo es que en la cena de ayer yo lo olvidé y uno de esos huesitos fue a dar entre el quinto y sexto diente de leche. Papá dijo que probablemente me haría daño en el girotálamo, así que no hubo más opción que llamar al dentista; especialmente al notar los puntos azules que comenzaron a salirme en las orejas.

La cita fue programada para el día viernes a las 3 de la madrugada. Dicen que a esa hora los girotálamos brillan más que de costumbre y es más fácil extirparlos. A mí realmente no me importaba, yo sólo quería que los puntos azules desaparecieran. Es más, ni siquiera sabía lo que significaba la palabra "extirpar" hasta que llegó el día de la cita. El doctor le recomendó a papá que antes de llegar al consultorio comprara un tarro grande de mayonesa y lo arrojara por la ventanilla del coche; decía que era para liberar la presión del hueso de chicle entre los dientes.

El día por fin llegó. Yo estaba bastante nerviosa, así que tomé el autobús directo a mi cuarto para dormir un rato. Por suerte el tráfico en el pasillo no era muy pesado y llegué en poco tiempo. Me quedé profundamente dormida. Cuando desperté estaba en el coche y observé justo el momento en el que papá lanzaba con todas sus fuerzas el tarro de mayonesa. Lo seguí con la mirada y noté que estuvo a punto de golpear en la cabeza a un ratón que de casualidad pasaba por ahí. Salió corriendo y relinchando del susto. Pobre ratón.

Cuando al fin llegamos al consultorio los nervios habían desaparecido. Simplemente quedó la sensación de que algo raro pasaría. Tan raro como ver un caballo relinchando como si fuera un ratón. No pude evitar reír de sólo imaginarlo y mi papá me vio chistoso.

De repente sonó en un altavoz: "Arabí de los Collares y Perlas Azules". Era mi nombre. Era mi turno. Entré al consultorio y vi una silla dorada enorme. Podría jurar que medía unos 2 kilómetros y medio de punta a punta. Mi papá me tomó del brazo y saltó para colocarme en la silla. Me dijo que no me asustara, que a todo mundo le extirpan uno o dos girotálamos de vez en cuando y se quedó sentado en un extremo del consultorio.

Cuando entró el doctor papá y yo nos miramos fijamente. Hacía unos ruidos extraños al caminar y tenía un cabello verde que salía desde su nariz y se enredaba en uno de sus zapatos. Era casi calvo y canoso, con unos lentes oscuros y una guitarra que eran lo único que lo hacían lucir como un dentista normal. Me vio de pies a cabeza y dijo: "¿Uno o dos girotálamossssss?". "Uno", dijimos papá y yo casi al mismo tiempo. Tocó una canción de rock en chileno que duraba unos 15 minutos y cuando terminó sacó un imán de su bolsillo. "Di Jotaaaaaaah", me dijo y yo lo hice. Entonces metió el imán en mi boca y el girotálamo se pegó a él de inmediato. Tuvo que pedir ayuda a papá porque era un girotálamo más grande de lo que esperaba.

Al fin, el girotálamo salió. Fue un Girotálamo Ramírez de traje y corbata. El dentista dijo que nunca en su vida había visto uno como ese, pues casi todos llevan ropa deportiva. Lo puso en el lavamanos y se fue por el drenaje. Yo no entendía nada, sólo supe que las manchitas azules se irían en cuestión de minutos. Papá dijo que fui muy valiente y como premio me llevó a pescar guacamayas en el patio de la casa.