miércoles, febrero 03, 2010

Así tal vez me cure...

Estaba soñando con usted; otra vez me regresé por otro lado a la casa y ahí estaba, lavándose el cabello en el río. No se cuántas veces la habré visto, han de hacer ya ocho años que se mudó para acá, si yo era un escuincle. Me acuerdo bien del día que llegó: esa vez andaba correteando a los hijos del Joaquín, que se habían robado unos panes de la tienda, cuando el camión que traía gente de la ciudad se atravesó entre ellos y yo. Y ahí estaba, bajando con sus tres maletas en el paradero de la esquina. Todo Cuautempan se paro tan pronto usted pisó su suelo. El pasto se agachó suavecito debajo de los bultos mientras los ponía en el piso y ahí se quedó solita un rato, hasta que un carro viejito y algo oxidado llegó y se la llevó. Pero en el paradero yo la seguía viendo con su vestido azul y la frente toda sudada del viaje. Ni me fijé para donde se fue el carro.

Ese día llegué con la cara toda roja a la casa. -Es que hace mucho sol- Le dije a mi madre, pero no me creyó. Si ella sabía leer todos los colores de la cara de tan acostumbrada que la tenía mi padre que, según ella, casi siempre la traía negra. Mi madre, que si fuera por ella yo no estaría soñando con usted, la tendría aquí a un lado y le estaría agarrando y besando su mano. Pero está escrito que hay frutas prohibidas para mí de tan dulces que son. Así igual ha de pasarme con la gente.

Luego, de a poquito, la fui viendo más seguido por Cuautempan. Se paseaba con sus vestidos de ciudad y todas las mujeres la veían bonito, aunque con envidia; envidia de la buena, en aquellas épocas la gente no estaba tan maleada. Si era de risa cómo aparecía por el centro tan limpiecita y se iba de regreso con el vestido salpicado de lodo por abajo. Se veía en su cara que los charcos del pueblo no le gustaban, pero lo que no se veía era su intención de regresarse a la ciudad, al contrario, cada salpicada de lodo le endurecía la cara y le ponía un brillo en los ojos que la hacía caminar con más decisión sobre la tierra mojada. No se acostumbraba al pueblo, se adueñaba de él.

Tiempo después me la encontré de frente. Desde lejos ya la había visto y mi cara se puso a ver el suelo mientras caminaba, como para evitar verla y evitar que me viera, hasta que ya la tuviera cerquita. Subí la mirada y le sonreí, a la fuerza porque los nervios no me daban permiso de saludarla como se debe. Toda mi espalda se sacudió y me temblaron tanto las piernas que pensé que me iba a caer ahí enfrente de usted. ¡Que manera de hacer que me viera iba a ser esa! Pero usted no me vió, iba mirando para adelante. Yo sí la vi, desde que iba lejos, mientras pasó a mi lado y hasta que se perdió entre los puestos del mercado. Yo sí la vi.

La vi desde que llegó al pueblo. Y más la vi el día que me enteré para qué venía, fue el mismo día que supe dónde vivía. Desde que la encontré en el mercado pasaba casi siempre por el mismo lugar a la misma hora y de vez en cuando la volvía a encontrar de frente, pero ya mejor la dejaba pasar, me bastaba con oler su perfume. Pero un día no la dejé ir y la atrapé y la abracé con la mirada. Y usted me jaló y me acarició la cara con su aroma. Entonces me dejé guiar, despacito para que no me viera y al final de su compra me llevó a su casa. Era una casa de esas nuevas que estaban haciendo con dinero de los que se van al otro lado, todavía sin pintura y sin puertas, pero con piso de cemento. De la casa salió una mujer, su madre, como después me fui a enterar, que la ayudó con las bolsas y un hombre joven, grandote y colorado. Venía hablando como americano y la agarro y la metió con él a la casa mientras la abrazaba. Se me iba a casar y yo aquí persiguiéndola en vano.

Me di cuenta que metiéndose por atrás de la casa podía llegar a la mía atravesando el monte y siguiendo el río, así que desde entonces me da por agarrar ese camino. Luego la llego a ver por ahí lavándose el cabello como hoy y me quedo un ratito comiendo manzanas y haciendo como que no la miro. Pasa poquita gente, por eso no me preocupo porque me acusen de algo malo. Mi propia madre me decía que no tenía nada de malo, pero que tuviera mucho cuidado con su marido, un hombre celoso cuida mucho sus cosas y mi madrecita me decía eso porque me quería.

A mi madre le dolió mucho partir y verme solo. Me aguantó seis años tratando de que me consiguiera una mujer digna de mí, pero nunca me insistió. A mi madre le bastaba con verme feliz después de que la veía en el río. Al final se murió mientras me veía con una sonrisa y me quitaba el cabello de la frente. Me sentí niño otra vez. Yo no le prometí nada, pero le dije que iba a seguir trabajando las tierras de mi padre y que iba a hacer ahí un hogar y una familia como la que ella misma hizo y sacó adelante. Ya hace dos años de aquello y el agua del río empieza a saberme a olvido cada que se lava el cabello. Me la voy a beber hasta que se acabe y ya no me sepa a nada, así tal vez me cure de este mal que me ha afectado por años. Así tal vez me cure. Tal vez.


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Now playing: Interpol - Stella was a diver and she was always down
via FoxyTunes

2 comentarios:

Mike dijo...

Mínimo invita los drinks, está bueno, pero lo de su Mamá no me cuadra 9: Aunque ah decir verdad, es bastánte tradicionalista. -Salud-

Kain dijo...

Guau, muy cautivador e íntimo. Tienes muy buen ojo para ir deshilvanando la historia y que uno se quede leyendo. Concuerdo con Mike: El pasaje de la madre sale sobrando, de hecho le parte el ritmo a la historia.