martes, abril 12, 2011

Sirena del arroyo

Hacía tiempo que quería publicar esto. Hace años lo publiqué en el fotolog, pero esa cosa ya murió. A partir de este texto fue que empecé a notar que las historias sobre la infancia de mi padre podían ser fuente de ideas para escribir; de modo que "Sirena del arroyo" fue una especie de detonante para notitas cortas que después se transformarían en "Así tal vez me cure".
--------------------------------------------------

28 de Abril, 1948.

Como todos los días, a las seis de la mañana, me dirigía hacia el establo del abuelo César a recoger la leche para el desayuno. Pocas veces decido tomar el camino corto ya que el arroyo generalmente deja el paso lleno de lodo y es difícil caminar sin ensuciarse. Esta vez pasé por ahí por un impulso que me condujo directamente a uno de muchos pequeños charcos. No lo noté hasta que mi pie se hundió hasta el tobillo en el suave fango.

La desgracia habría sido menor de no ser porque al quedar atorado perdí el equilibrio y caí de frente, enterrando mis brazos y con ellos mi camisa blanca. Mi madre no me lo perdonaría, por lo que decidí hacer algo al respecto antes de llegar así con el abuelo, pues estaba seguro de que también me reprendería.

Me desvié del camino para tratar de lavar las mangas de mi camisa en el agua del arroyo. Estaba a punto de llegar cuando escuché, no muy lejos, una voz de mujer. La voz era dulce y cálida y cantaba una suave melodía; cantaba muy bajito, casi para sí. Me acerqué con cautela y al sentirme cada vez más cerca me oculté entre la hierba para ver a quién pertenecía la voz. Asomé los ojos sobre el zacate y entonces la vi; una mujer joven, de unos 20 o 21 años. Estaba hincada a la orilla del arroyo, con el torso desnudo y lavándose el cabello. Parecía una sirena a los rayos del sol matutino. Estuve observándola durante varios minutos hasta que por fin se fue y yo me percaté de que tenía que llegar al establo. Llegué con el abuelo, con las mangas llenas de lodo.

7 de Mayo, 1948.

Empezaron las celebraciones para Nuestra Señora de los Angeles. En el centro del pueblo se pusieron ya los puestos de canicas y tiro al blanco. Ayer quedé con Joaquín y Manuel de ir un rato y ver quién era el primero en sacarse un premio. Mientras caminábamos entre unos puestos de comida giré la cabeza para saber qué vendían y entonces, sentada en una mesa, junto a dos mujeres mayores, apareció de nuevo la sirena del arroyo. Algo pasó y es que al intentar girar la cabeza de nuevo simplemente no pude. No pude dejar de observarla. Hasta que la voz de Manuel me sacó del trance en el que había caído. Esa tarde perdimos el tiempo en la plaza con Carmen y Sofía, por lo que nunca llegamos al tiro al blanco.

13 de Mayo, 1948.

Es la última semana de la feria del pueblo. Joaquín y Manuel fueron hace dos días al tiro al blanco y se ganaron unas pistolas de ligas que le dieron al hermano de Sofía. Esta vez llegaron a mi casa para que yo los acompañara pues querían probar sus habilidades contra mí. Ellos decían que tenía que acompañarlos pero yo no tenía muchas ganas de ir pues había estado ocupado todo el día en el maizal de la casa. La verdad tenía ganas de ir pensando en que tal vez me encontraría a la sirena de nuevo y podría verla, pero no. Mi cansancio me inutilizó por completo.

16 de Mayo, 1948.

Hoy fue la fiesta para terminar las celebraciones de nuestra Santa Patrona. La plaza estaría llena de gente pues iban a quemar cuetes y un muchacho del pueblo sería torito de fuego. La idea de volver a encontrarme una sirena entre los puestos no era algo que estuviera en mi mente ese día. Llegamos a la plaza mi mamá, mi abuelo y yo. Prendieron el torito y todos los niños a su alrededor corrían para que los persiguiera.

Levanté un poco la mirada y del otro lado, entre el humo de los cuetes, apareció otra vez la sirena. Ella se reía, aplaudía y les gritaba a los niños que jugaban que no se acercaran tanto al fuego. Finalmente el torito se apagó y la gente se arremolinó en la plaza para ver los cuetes en el cielo. La perdí de vista.

Un par de horas más tarde mi madre y mi abuelo decidieron que era hora de irnos. Eran casi las 11 de la noche. Se adelantaron y yo caminaba atrás de ellos cuando de pronto se detuvieron, corrieron de regreso y me jalaron con ellos.

“¡El Matías está borracho otra vez y anda pegando tiros!”, gritaron. Volteé la mirada. Matías ya no disparaba, lo tenían agarrado. Pero la sirena estaba tirada en el piso. Tenía sangre en el pecho. Las mujeres que la acompañaban la otra vez lloraban junto a ella. Ella ya no cantaría.

19 de Mayo, 1948.

Me levanté antes que de costumbre para ir por la leche. Traje conmigo las últimas páginas de mi diario. Me fui por el camino corto para pasar por el arroyo. Me acerqué al lugar donde la vi por primera vez y estuve sentado ahí varios minutos, recordando la canción y el sonido del agua escurriendo de su cabello y volviendo al arroyo. Hice un agujero en la orilla y enterraré estas últimas páginas.

Llegaré con el abuelo, con las mangas llenas de lodo.

2 comentarios:

Kain dijo...

Más sólida que tu historia anterior. Mejor ritmo, muy buena técnica. Necesita una corrección de estilo muy ligera, pero es un gran relato; me transporté a la tierra de mis abuelos. :')

Carlo dijo...

A lo que más me ha costado darle forma ha sido al final. Hasta la fecha.

Que milagro y que gustó que pases por acá. Un saludo!